Rojo y negro

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Cuando entró, dos ayudas de cámara, muy altos y mejor vestidos que el propio señor Valenod, estaban desnudando a su ilustrísima. Al prelado, antes de sacar a colación al padre Pirard, le pareció oportuno preguntar a Julien por sus estudios. Habló un poco del dogma, y quedó asombrado. No tardó en llegar a las humanidades, a Virgilio, a Horacio, a Cicerón. «A esos nombres —se dijo Julien— les debo el número 198. No tengo nada que perder; intentemos ser brillantes.» Lo consiguió; el prelado, que era, personalmente, un excelente humanista, quedó encantado.

En la cena de la prefectura, una joven justificadamente famosa, había recitado el poema de la Magdalena. El obispo, hablando de literatura, no tardó en olvidarse del padre Pirard y de todos los demás asuntos para tratar con el seminarista la cuestión de si Horacio era rico o pobre. El prelado citó varias odas, pero a veces le flaqueaba la memoria; en el acto, Julien recitaba la oda entera con expresión modesta; lo que le llamó la atención al obispo fue que Julien no daba de lado el tono de conversación; decía los veinte o treinta versos latinos de turno como si hubiera estado contando lo que ocurría en el seminario. Hablaron mucho de Virgilio y de Cicerón. Por fin, el prelado no pudo por menos de dar la enhorabuena al joven seminarista.

—Es imposible haber hecho mejores estudios.


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