Rojo y negro
Rojo y negro —IlustrÃsima —dijo Julien—, el seminario del señor obispo puede ofrecerle ciento noventa y siete individuos mucho menos indignos de tan alta aprobación.
—¿Cómo es eso? —dijo el prelado, a quien extrañó esa cantidad.
—Puedo respaldar con una prueba oficial lo que tengo el honor de decir ante su ilustrÃsima. En el examen anual del seminario, al contestar en las materias que precisamente me conceden en este momento la aprobación de su ilustrÃsima, me dieron el número 198.
—¡Ah, es el benjamÃn del padre Pirard! DeberÃamos habérnoslo esperado; pero ha sido en buena lid —exclamó el obispo riéndose y mirando al padre de Frilair, y añadió, dirigiéndose a Julien—. ¿Verdad, amigo mÃo, que lo hicieron levantarse para mandarlo aquÃ?
—SÃ, ilustrÃsima. Nada más he salido solo del seminario una vez en mi vida, para ir a ayudar al padre Chas-Bernard a adornar la catedral el dÃa del Corpus.
—Optime! —dijo el obispo—. ¿Cómo? ¿Fue usted el que mostró tanto valor al colocar los plumeros en el baldaquÃn? Me estremezco al verlos todos los años; siempre temo que me cuesten la vida de un hombre. Amigo mÃo, llegará usted lejos; pero no quiero interrumpir su carrera, que va a ser brillante, matándolo de hambre.