Rojo y negro
Rojo y negro Y mandó traer galletas y vino de Málaga, a los que hizo los honores Julien, y más aún el padre de Frilair, que sabÃa que a su obispo le gustaba ver a los demás comer con alegrÃa y buen apetito.
El prelado, cada vez más contento con el remate de la velada, habló por un momento de historia eclesiástica. Vio que Julien no lo entendÃa. El prelado pasó a referirse al estado espiritual del Imperio romano bajo los emperadores del siglo de Constantino. Al final del paganismo lo acompañaba el mismo estado de intranquilidad que, en el siglo XIX, desconsuela a las cabezas tristes y hastiadas. El obispo se fijó en que Julien casi ignoraba incluso el nombre de Tácito.
Julien respondió candorosamente, ante el asombro del prelado, que aquel autor no estaba en la biblioteca del seminario.
—Me complace mucho —dijo alegremente el obispo—. Me saca de un apuro; llevo diez minutos buscando la forma de agradecerle la agradable velada que me ha proporcionado, y de una forma muy inesperada, desde luego. No me esperaba encontrar un doctor en un alumno de mi seminario. Aunque no sea un regalo muy canónico que digamos, quiero darle un Tácito.