Rojo y negro

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El señor de Rênal no salió esa mañana; no paraba de recorrer la casa, arriba y abajo, ocupado en tratos con unos labriegos a quienes les estaba vendiendo su cosecha de patatas. Hasta la hora de comer, la señora de Rênal no tuvo ni un minuto para su prisionero. Cuando ya habían llamado a comer y estaba la mesa servida, se le ocurrió robar para él un plato de sopa caliente. Cuando se estaba acercando sin ruido a la puerta de la habitación donde estaba Julien, llevando el plato con cuidado, se dio de bruces con el criado que había escondido la escalera por la mañana. En ese momento iba él también por el pasillo sin hacer ruido, como si estuviera escuchando. Era probable que Julien hubiera caminado de forma imprudente. El criado se alejó, un tanto corrido. La señora de Rênal entró atrevidamente en la habitación de Julien; ese encuentro lo hizo temblar.

—¡Tienes miedo! —dijo ella—. Yo me enfrentaría a todos los peligros del mundo, y sin pestañear. Solo temo una cosa, y es el momento en que me quede sola, cuando te hayas ido.

Y se marchó corriendo.

«¡Ah! —se dijo Julien, exaltado—. ¡El único peligro que teme esa alma sublime es el remordimiento!»


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