Rojo y negro

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Por fin cayó la tarde. El señor de Rênal se fue al Casino. Su mujer había anunciado que tenía una jaqueca espantosa; se retiró a su habitación, se apresuró a despedir a Élisa y se levantó acto seguido para ir a abrirle la puerta a Julien.

Resultó que efectivamente estaba muerto de hambre. La señora de Rênal fue al oficio a buscar pan. Julien oyó un grito tremendo. La señora de Rênal volvió y le contó que, al entrar en el oficio sin luz y acercarse a un aparador donde guardaban el pan, alargando la mano, había tocado un brazo de mujer. Era Élisa, y ella era quien había soltado el grito que había oído Julien.

—Y ¿qué hacía ahí?

—Estaría robando unas cuantas golosinas; o nos estaría espiando —dijo la señora de Rênal con total indiferencia—. Pero menos mal que he encontrado una empanada y un pan grande.

—¿Qué llevas ahí? —dijo Julien, señalando los bolsillos del delantal.

La señora de Rênal no se acordaba de que los llevaba llenos de pan desde la hora de comer.


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