Rojo y negro

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Julien la abrazó con la pasión más vehemente; nunca le había parecido tan hermosa. «Ni siquiera en París —se decía vagamente— podré encontrar una forma de ser de más altura.» Tenía toda la torpeza de una mujer poco acostumbrada a esa clase de preocupaciones y, al mismo tiempo, el valor auténtico de una persona que no teme sino los peligros de otro orden y mucho más terribles.

Mientras Julien cenaba con mucho apetito y su amiga bromeaba sobre la sencillez de aquella comida, pues la horrorizaba hablar en serio, de repente alguien sacudió con fuerza la puerta de la habitación. Era el señor de Rênal.

—¿Por qué te has encerrado? —le decía a voces.

A Julien solo le dio tiempo a meterse debajo del sofá.

—¡Cómo! Si está vestida —dijo el señor de Rênal al entrar—; ¡está cenando y se ha encerrado con llave!

Los días normales, esta pregunta, hecha con toda la sequedad conyugal, habría alterado a la señora de Rênal; pero se daba cuenta de que bastaba con que su marido se agachase un poco para que viera a Julien; porque el señor de Rênal se había desplomado en la silla que Julien ocupaba poco antes, enfrente del sofá.


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