Rojo y negro
Rojo y negro La jaqueca lo disculpó todo. Mientras su marido le contaba, a su vez, con todo detalle los incidentes de la partida de billar, en que se habÃa llevado los diecinueve francos de la puesta, ¡ahà queda eso!, añadÃa, la señora de Rênal vio en una silla, a tres pasos de ellos, el sombrero de Julien. No perdió la sangre frÃa, antes bien; empezó a desnudarse y, en determinado momento, pasó rápidamente por detrás de su marido y echó un vestido encima de la silla del sombrero.
El señor de Rênal se fue por fin. La señora de Rênal le pidió a Julien que volviera a contarle su vida en el seminario.
—Ayer no te estaba atendiendo. Mientras hablabas, solo pensaba en conseguir de mà misma la fuerza para echarte.
Era la imprudencia personificada. Hablaban muy alto; y podÃan ser las dos de la mañana cuando los interrumpió un golpe violento dado en la puerta. Era otra vez el señor de Rênal.
—¡Abra corriendo! Hay ladrones en casa —decÃa—. Saint-Jean encontró su escalera esta mañana.
—¡Aquà se acaba todo! —exclamó la señora de Rênal, echándose en brazos de Julien—. Nos va a matar a los dos; no piensa que haya ladrones; voy a morir en tus brazos, más dichosa a la hora de la muerte de lo que fui en vida.