Rojo y negro

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No contestaba a su marido, que se estaba enfadando; besaba apasionadamente a Julien.

—Salva a la madre de Stanislas —le dijo él con una mirada autoritaria—. Voy a saltar al patio por la ventana del tocador y a escapar por el jardín; los perros me han reconocido. Haz un paquete con mi ropa y tíralo al jardín en cuanto puedas. Mientras tanto, deja que derriben la puerta. Sobre todo nada de confesiones, te lo prohíbo, vale más que tenga sospechas que certezas.

—¡Vas a matarte al saltar! —fue la única respuesta de la señora de Rênal y su única preocupación.

Fue con él hasta la ventana del tocador; luego se tomó el tiempo necesario para esconder su ropa. Por fin le abrió la puerta a su marido, que estaba hecho una furia. Miró en la habitación y en el tocador, sin decir palabra, y desapareció. Julien cogió la ropa que le tiraban y corrió velozmente hacia la parte de abajo del jardín, por donde pasaba el Doubs. Según iba corriendo, oyó silbar una bala y, acto seguido, el ruido de un disparo de escopeta.



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