Rojo y negro
Rojo y negro —De ninguno, y ahà está mi perdición. Esta es toda mi polÃtica: me gustan la música y la pintura; un buen libro es para mà un acontecimiento; voy a cumplir cuarenta y cuatro años. ¿Cuántos me quedan por vivir? ¿Quince, veinte, treinta años como mucho? Bien, pues sostengo que, dentro de treinta años, los ministros serán algo más hábiles pero igual de honrados que los de ahora. La historia de Inglaterra me sirve de espejo de nuestro porvenir. Siempre habrá algún rey que quiera crecer en preeminencia; siempre la ambición de llegar a diputado, la fama y los cientos de miles de francos de ganancia de Mirabeau les quitarán el sueño a los ricos de provincias: lo llamarán ser liberal y amar al pueblo. Siempre el deseo de llegar a senador o a gentilhombre de cámara perseguirá a los ultras. En la nave del Estado, todo el mundo querrá tener a su cargo la maniobra porque se paga bien. ¿No habrá nunca un sitito de nada para el simple pasajero?
—Al grano, al grano, que tiene que ser muy gracioso teniendo como tienes un carácter reposado. ¿Son las últimas elecciones las que te están echando de tu provincia?
—Mi mal viene de más lejos. TenÃa hace cuatro años cuarenta años y quinientos mil francos; hoy tengo cuatro años más y, probablemente, cincuenta mil francos menos, que voy a perder al vender mi castillo de Montfleury, cerca del Ródano, en un emplazamiento soberbio.