Rojo y negro
Rojo y negro »No entraba eso en las cuentas del vicario; no tardé en tener que enfrentarme con mil peticiones indiscretas, fastidios, etc. Quería dar a los pobres doscientos o trescientos francos al año; me los piden para asociaciones piadosas: la de san José, la de la Virgen, etc.; me niego; entonces me insultan de cien maneras. Caigo en la necedad de irritarme. No puedo ya salir por las mañanas para ir a disfrutar de la belleza de nuestras montañas sin toparme con alguna contrariedad que me saca de mis ensoñaciones y me recuerda de forma muy desagradable a los hombres y lo malos que son. En las procesiones de rogativas, por ejemplo, en las que me agrada lo que cantan (debe de ser probablemente una melodía griega), ya no bendicen mis tierras, porque, según dice el vicario, son de un impío. Se le muere la vaca a una campesina vieja y beata: dice que es por culpa de la proximidad de un estanque que es mío, del impío, del filósofo que ha venido de París, y ocho días después me encuentro todos los peces tripa arriba, envenenados con cal. Me rodean los fastidios de todo tipo. El juez de paz, hombre honrado, pero que teme por su cargo, nunca me da la razón. La paz de los campos es para mí un infierno. En cuanto vieron que me abandonaba el vicario, jefe de la congregación del pueblo, y que no me apoyaba el capitán retirado, jefe de los liberales, todos se me vinieron encima, incluso el albañil, que llevaba un año viviendo de mí; hasta el carretero que pretendía estafarme cuando me arreglaba los arados.