Rojo y negro
Rojo y negro »Para contar con un apoyo y ganar, a pesar de todo, algunos de mis pleitos, me hago liberal; pero, como bien dices, llegan esas endemoniadas elecciones y me piden el voto…
—¿Para un desconocido?
—En absoluto, para un hombre al que conozco demasiado. ¡Me niego, espantosa imprudencia! A partir de ese momento, también me las tengo que haber con los liberales y mi posición se vuelve intolerable. Creo que, si se le hubiera pasado por las mientes al vicario acusarme de haber asesinado a mi criada, se habrÃan presentado veinte testigos de ambos partidos para jurar que me habÃan visto cometer el crimen.
—Quieres vivir en el campo sin servir las pasiones de tus vecinos, sin atender siquiera a sus chácharas. ¡Qué error…!
—Remediado está por fin. Montfleury está en venta; si no queda más remedio, perderé cincuenta mil francos, pero estoy muy alegre: me voy de ese infierno de hipocresÃa y engorros. Voy a buscar la soledad y la paz campestre en el único sitio donde existen en Francia, en un cuarto piso que dé a Les Champs-Élysées. Y todavÃa me estoy pensando si no empezar mi carrera polÃtica en el barrio de Le Roule, sufragándole a la parroquia el pan bendito.