Rojo y negro

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—Todo eso no te habría ocurrido en tiempos de Bonaparte —dijo Falcoz, a quien le brillaban los ojos de enfado y de añoranza.

—No te digo que no. Pero ¿por qué no supo quedarse quieto ese Bonaparte tuyo? Todo cuanto me hace padecer a mí hoy lo hizo él.

Al llegar a este punto, Julien estuvo aún más atento. Había caído en la cuenta desde la primera palabra de que Falcoz, el bonapartista, era el antiguo amigo de la infancia del señor de Rênal a quien este había repudiado en 1816, y que Saint-Giraud, el filósofo, debía de ser hermano de ese jefe de servicio de la prefectura de… que sabía apañarse para que le adjudicasen baratas las casas de los municipios.

—Y todo eso lo hizo tu Bonaparte —seguía diciendo Saint-Giraud—: un hombre honrado e inofensivo donde los haya, con cuarenta años y quinientos mil francos, no puede afincarse en provincias y encontrar la paz; sus sacerdotes y sus nobles lo expulsan.

—¡Ah, no hables mal de él! —exclamó Falcoz—. Nunca ocupó lugar tan elevado Francia en la consideración de los pueblos como en los trece años que reinó. Entonces había grandeza en todo cuanto se hacía.


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