Rojo y negro
Rojo y negro La conversación fue inacabable; ese texto tendrá ocupada a Francia otro medio siglo más. Como Saint-Giraud no dejaba de repetir que era imposible vivir en provincias, Julien sacó a colación tÃmidamente el ejemplo del señor de Rênal.
—¡Vive el cielo, joven, qué cosas dice! —exclamó Falcoz—. Ese se hizo martillo para no ser yunque, y menudo martillo. Pero me parece a mà que le está pasando por delante el Valenod. ¿Conoce usted a ese bribón? Ese sà que lo es de verdad. ¿Qué dirá ese señor de Rênal suyo cuando vea el dÃa menos pensado que lo destituyen para poner en su lugar al Valenod?
—Se quedará mano a mano con sus crÃmenes —dijo Saint-Giraud—. ¿Asà que conoce usted Verrières, joven? Pues Bonaparte, que el cielo lo confunda, él y sus ropavejerÃas monárquicas, hizo posible el reinado de los Rênal y de los Chélan, que ha traÃdo el reinado de los Valenod y de los Maslon.
Aquella conversación, de tono tan sombrÃamente polÃtico, asombraba a Julien y lo distraÃa de sus ensoñaciones voluptuosas.