Rojo y negro

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Se fijó poco en la primera apariencia de París, al divisarlo de lejos. Los castillos en el aire acerca de destino por venir tenían que luchar con el recuerdo aún presente de las veinticuatro horas que acababa de pasar en Verrières. Se juraba que nunca abandonaría a los hijos de su amiga y que lo dejaría todo para ampararlos si las impertinencias de los sacerdotes nos trajeran república y persecuciones de nobles.

¿Qué habría ocurrido la noche de su llegada a Verrières si, en el momento en que apoyaba la escalera en la ventana del dormitorio de la señora de Rênal hubiera encontrado en ese dormitorio a un extraño o al señor de Rênal?

Pero, en cambio, ¡qué deleites en las dos primeras horas, cuando su amiga quería sinceramente despedirlo y él abogaba por su causa sentado junto a ella en la oscuridad! A un alma como la de Julien recuerdos así la acompañan toda la vida. El resto de la entrevista se confundía ya con las primeras épocas de sus amores, catorce meses antes.

Julien despertó de su honda ensoñación al detenerse el coche. Acababan de entrar en el patio de la casa de postas de la calle de J.-J. Rousseau.

—Quiero ir a la Malmaison —le dijo a un cabriolé que se acercó.

—¿A estas horas, caballero? Y ¿para qué?

—¿Qué le importa? Eche a andar.


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