Rojo y negro

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—El día en que todo esto deje de convenirme —dijo Julien—, ¿pasaré por ingrato si me vuelto a mi celdita 103?

—No cabe duda de que todos los obsequiosos de la casa lo calumniarán; pero apareceré yo. Adsum qui feci (Yo lo hice). Diré que esa decisión ha sido cosa mía.

A Julien le consternaba el tono amargo y casi malévolo que le notaba al padre Pirard; aquel tono desvirtuaba por completo la respuesta.

La realidad era que para el sacerdote era un escrúpulo de conciencia querer a Julien y si se metía de forma tan directa en el destino de otra persona lo hacía con algo semejante a un pavor religioso.

—Conocerá también —añadió con el mismo desagrado y como si estuviera cumpliendo con una obligación penosa—, conocerá también a la señora marquesa de La Mole. Es una mujer alta, rubia, piadosa, altanera, de una urbanidad perfecta y de una insignificancia más perfecta aún. Es hija del anciano duque de Chaulnes, tan conocido por sus prejuicios nobiliarios. Esta gran señora es una especie de resumen, en alto relieve, de todo cuanto constituye en el fondo la manera de ser de las mujeres de su clase. No disimula que tener antepasados que fueron a las cruzadas es el único mérito que tiene en cuenta. El dinero viene muy por detrás. ¿Le resulta extraño? Ya no estamos en provincias, amigo mío.


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