Rojo y negro
Rojo y negro »Verá en su salón a varios grandes señores hablar de nuestras provincias con tono singularmente frívolo. En cuanto a la señora de La Mole, baja la voz por respeto siempre que nombra a un príncipe y, sobre todo, a una princesa. No le aconsejo que diga en su presencia que Felipe II o Enrique VIII fueron unos monstruos. Fueron reyes y eso les otorga un derecho imprescriptible al respeto de todos y, sobre todo, al respeto de las personas plebeyas como usted y yo. Sin embargo —añadió el padre Pirard—, somos sacerdotes, pues lo tomará por tal; y, en consecuencia, nos considera unos ayudas de cámara necesarios para su salvación.
—Padre —dijo Julien—, me parece que no me quedaré mucho en París.
—Me parece muy bien; pero fíjese en que no halla fortuna un hombre que lleve nuestro hábito sino por los grandes señores. Con ese no sé qué imposible de precisar que hay, o al menos así lo veo yo, en su forma de ser, si no hace fortuna lo perseguirán; en el caso de usted no hay término medio. No se engañe. Los hombres ven que no le causan agrado cuando le dirigen la palabra; en un país sociable como este está abocado a la desgracia si no alcanza el respeto.