Rojo y negro

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»¿Qué habría sido de usted en Besançon sin este capricho del marqués de La Mole? Día llegará en que caerá en la cuenta de cuán excepcional es esto que hace por usted y, si no es un monstruo, les tendrá él y a su familia eterno agradecimiento. ¡Cuántos pobres sacerdotes que sabían más que usted vivieron años en París con los setenta y cinco céntimos de su misa y los cincuenta céntimos de sus argumentaciones en la Sorbona!… Acuérdese de lo que le contaba el invierno pasado de los primeros años de ese tarambana del cardenal Dubois. ¿Piensa acaso su orgullo que tiene más talento que él?

»Yo, por ejemplo, hombre apacible y mediocre, contaba con morir en mi seminario; cometí la puerilidad de cogerle apego. Pues bien, estaban a punto de destituirme cuando presenté mi dimisión. ¿Sabe con qué fortuna contaba? Tenía un capital de quinientos veinte francos, ni uno más ni uno menos; ni un solo amigo, apenas dos o tres conocidos. El señor de La Mole, a quien no había visto en la vida, me sacó de ese mal paso; bastó con que dijera una palabra para que me dieran una parroquia cuyos feligreses todos son personas acomodadas que están por encima de los vicios más zafios y de cuya renta me avergüenzo de tan poca proporción que guarda con mi trabajo. No le he estado hablando tanto rato sino para meterle algo de sensatez en esa cabeza suya.


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