Rojo y negro

Rojo y negro

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»Una palabra más: tengo la desgracia de ser irascible; entra dentro de lo posible que usted y yo dejásemos de hablarnos.

»Si la altanería de la marquesa o las bromas de mal gusto de su hijo acaban por convertirle esa casa en insoportable, le aconsejo que acabe sus estudios en algún seminario a treinta leguas de París y más bien al norte que al sur. Al norte hay más civilización y menos injusticias; y —añadió, bajando la voz— tengo que reconocer que la proximidad de los diarios de París mete miedo a los tiranuelos.

»Si tratarnos sigue siendo de nuestro agrado y la casa del marqués no le conviene, le ofrezco el puesto de vicario mío y partiré por la mitad con usted la renta de la parroquia. Le debo eso y más —añadió, interrumpiendo las gracias que le daba Julien— por el singular ofrecimiento que me hizo en Besançon. Si en vez de quinientos veinte francos no hubiera tenido nada, usted me habría salvado.

El sacerdote había perdido el tono cruel de la voz. Para mayor vergüenza suya, Julien notó que se le llenaban los ojos de lágrimas; se moría de ganas de echarse en brazos de su amigo: no pudo por menos de decirle, con el aire más viril que pudo conseguir:

—Mi padre me odió desde la cuna; esa era una mis grandes desgracias; pero no volveré a quejarme del azar: en usted he encontrado un padre.


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