Rojo y negro
Rojo y negro —Bien está, bien está —dijo el sacerdote, azorado. Luego, dando muy oportunamente con una frase de director de seminario, añadió—: no hay que decir nunca el azar, hijo mÃo; diga siempre la Providencia.
El coche de punto se detuvo; el cochero alzó el llamador de bronce de una puerta gigantesca: era el Palacio de la Mole; y, para que a los viandantes no pudiera caberles duda, dichas palabras podÃan leerse, en una lápida de mármol negro que habÃa encima de la puerta.
Esta ostentación desagradó a Julien. «¡Tanto miedo como les tienen a los jacobinos! Ven un Robespierre con su carreta detrás de todos los setos; a veces son para morirse de risa, pero anuncian asà sus viviendas para que la plebe las reconozca en caso de algarada y las saquee.» Le contó al padre Pirard lo que estaba pensando.
—¡Ay, infeliz niño, no tardará en ser vicario mÃo! ¡Qué idea tan espantosa se le ha ocurrido!
—Me parece de lo más evidente —dijo Julien.
La seriedad del portero y, sobre todo, la limpieza del patio, lo tenÃan admirado. HacÃa un sol espléndido.
—¡Qué arquitectura tan magnÃfica! —le dijo a su amigo.
Era uno de esos palacetes de las fechas de la muerte de Voltaire. Nunca distaron tanto entre sà la moda y la belleza.