Rojo y negro
Rojo y negro Los salones por los que cruzaron ambos en la primera planta, antes de llegar al gabinete del marqués, les habrÃan parecido a mis lectores tan tristes como suntuosos. Si se los dieran tal y como son, se negarÃan a vivir en ellos; son la patria del bostezo y del razonamiento triste. A Julien lo dejaron aún más arrobado. «¿Puede sentirse alguien desgraciado —pensaba— viviendo en una morada tan espléndida?»
Llegaron por fin los visitantes a la estancia más fea de todas las estancias de aquellos aposentos; apenas si habÃa luz; hallaron en ella a un hombrecillo flaco de mirada vivaz y con peluca rubia. El sacerdote se volvió hacia Julien y lo presentó. Era el marqués. A Julien le costó mucho reconocerlo al verle una expresión tan cortés. No era el gran señor de porte tan altanero de la abadÃa de Bray-le-Haut. Le pareció a Julien que le sobraba pelo a la peluca. Esa sensación lo ayudó a no sentirse intimidado en absoluto. El descendiente del amigo de Enrique III le pareció, de entrada, bastante enteco. Era muy flaco y se movÃa mucho. Pero no tardó en notar que el marqués hacÃa gala de una cortesÃa que le resultaba al interlocutor más grata incluso que la del mismÃsimo obispo de Besançon. La audiencia no duró ni tres minutos. Al salir, el sacerdote le dijo a Julien: