Rojo y negro
Rojo y negro —Ha mirado al marqués como si estuviera mirando un cuadro. No es que ande yo muy versado en lo que la gente considera aquà urbanidad, no tardará usted en saber más de ello que yo; pero, en fin, el atrevimiento de su forma de mirarlo me ha parecido poco cortés.
Se habÃan vuelto a subir al coche: el cochero se detuvo cerca del bulevar; el sacerdote hizo entrar a Julien en unos salones grandes en hilera. A Julien le llamó la atención que no hubiera muebles. Estaba mirando un soberbio reloj dorado que, en su opinión, representaba una escena muy indecente cuando un elegantÃsimo caballero se acercó con expresión risueña. Julien le hizo una leve reverencia.
El caballero sonrió y le puso la mano en el hombro. Julien se sobresaltó y retrocedió de un brinco. Se puso colorado de ira. El padre Pirard, pese a su solemnidad, reÃa a carcajadas. El caballero era un sastre.