Rojo y negro

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—Le dejo dos días de libertad —le dijo el sacerdote al salir—; solo entonces será posible presentarlo a la señora de La Mole. Otro que no fuera yo lo vigilaría como a una muchacha en estos primeros momentos de su estancia en esta nueva Babilonia. Piérdase ya, si es que tiene que perderse y así quedaré libre de esta flaqueza que tengo de pensar en usted. Pasado mañana ese sastre le llevará dos trajes; dele cinco francos al aprendiz que se los pruebe. Por lo demás, que estos parisinos no le oigan el metal de voz. Si dice una palabra, darán con la forma de burlarse de usted. Ese es el talento que tienen. Pasado mañana esté en mi casa a las doce del mediodía… Adelante, márchese y piérdase… Se me olvidaba, vaya a encargarse unas botas, camisas y un sombrero a estas señas.

Julien miraba la letra de las señas:

—Son de puño y letra del marqués —dijo el sacerdote—; es un hombre activo que lo tiene todo previsto y a quien le gusta más hacer las cosas que mandarlas. Lo quiere consigo para que le ahorre esa clase de trabajos. ¿Tendrá la inteligencia suficiente para llevar a cabo bien todo lo que ese hombre tan despierto le indique con medias palabras? Eso es lo que nos dirá el porvenir. ¡No se descuide!


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