Rojo y negro

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Julien entró sin decir palabra en los comercios de los operarios indicados en las señas; se fijó en que lo recibían con respeto y el zapatero, al escribir su nombre en el registro, puso «señor Julien de Sorel».

En el cementerio de Le Père-Lachaise, un señor muy servicial y aún más liberal en sus palabras, se ofreció para enseñarle a Julien la sepultura del mariscal Ney, que un sabio concepto de la política priva del honor de contar con un epitafio. Pero, al separarse de aquel liberal, quien, con los ojos llenos de lágrimas, lo tenía casi abrazado, Julien se había quedado sin reloj. En posesión de esa enriquecedora experiencia, se presentó dos días después, a las doce, ante el padre Pirard, que lo miró de arriba abajo.

—Es posible que se vuelva usted un fatuo —le dijo el sacerdote con expresión severa. Julien parecía un muchacho muy joven de luto riguroso; la verdad es que tenía muy buena presencia, pero el buen sacerdote era él también demasiado de provincias para darse cuenta de que Julien tenía aún ese porte de los hombros que en provincias indica a la vez elegancia e importancia. Al ver a Julien, el marqués opinó de su donaire de forma tan diferente de la del buen sacerdote que le preguntó:

—¿Pondría alguna objeción a que el señor Sorel tomara clases de baile?

El sacerdote se quedó de piedra.


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