Rojo y negro
Rojo y negro —No —contestó por fin—; Julien no es sacerdote.
El marqués, subiendo de dos en dos los peldaños de una escalerita excusada, fue personalmente a acomodar a nuestro héroe en una bonita buhardilla que daba al enorme jardÃn del palacete. Le preguntó cuántas camisas le habÃa encargado a la lencera.
—Dos —respondió Julien, intimidado al ver a un gran señor como aquel descender a esos detalles.
—Muy bien —siguió diciendo el marqués muy serio y con cierto tono imperativo y tajante que dio que pensar a Julien—. ¡Muy bien! Encargue otras veintidós. Aquà tiene su primer trimestre de sueldo.
Al bajar de la buhardilla, el marqués llamó a un hombre de edad:
—Arsène —le dijo—, estará usted al servicio del señor Sorel.
Pocos minutos después, Julien se halló a solas en una espléndida biblioteca; fue un momento delicioso. Para que nadie sorprendiera su emoción, fue a ocultarse en un rincón oscuro; desde allà miraba con arrobo los lomos relucientes de los libros: «Voy a poder leer todo esto —se decÃa—. Y ¿cómo no iba a encontrarme a gusto aquÃ? El señor de Rênal habrÃa creÃdo que se deshonraba para siempre con la centésima parte de lo que acaba de hacer por mà el marqués de La Mole. Pero veamos qué copias tengo que hacer.»