Rojo y negro

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Al acabar esa tarea, Julien se atrevió a acercarse a los libros; estuvo a punto de volverse loco de alegría al encontrar una edición de Voltaire. Fue corriendo a abrir la puerta de la biblioteca para que no lo sorprendieran. Se dio luego el gusto de abrir todos y cada uno de los ochenta tomos. Estaban suntuosamente encuadernados, era la obra maestra del mejor operario de Londres. No era menester tanto para que la admiración de Julien llegase al colmo.

Pasada una hora, entró el marqués, miró las copias y se dio cuenta, asombrado, de que Julien había escrito eyo, en vez de ello. «¿Sería un cuento nada más todo lo que me ha dicho el padre de sus conocimientos?» El marqués, muy desanimado, le dijo con suavidad:

—¿No está usted seguro de sus conocimientos en ortografía?

—Es cierto —dijo Julien, sin pensar ni por asomo en cuánto se estaba perjudicando; lo tenían enternecido las bondades del marqués, que le recordaban el tono arrogante del señor de Rênal.

«Estoy perdiendo el tiempo con todo este experimento del curita del Franco Condado —pensó el marqués—; pero ¡tenía tanta necesidad de un hombre de fiar!»

—Ello no se escribe con y —le dijo el marqués—. Al acabar las copias, busque en el diccionario todas las palabras de cuya ortografía no esté seguro.


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