Rojo y negro
Rojo y negro Al acabar de decir estas palabras, el señor de La Mole hizo entrar a Julien en un salón resplandeciente de dorados. En ocasiones así, el señor de Rênal no dejaba nunca de apretar el paso para tener el privilegio de entrar el primero. Esa menuda vanidad de su antiguo jefe hizo que Julien pisara al marqués y le hiciera mucho daño porque tenía gota. «¡Ah, encima es un patoso!», se dijo este. Se lo presentó a una mujer muy alta y con aspecto imponente. Era la marquesa. A Julien le pareció que tenía una expresión impertinente, por el estilo de la señora de Maugiron, la mujer del subprefecto del distrito de Verrières, cuando asistía al almuerzo del día de san Carlos[36]. Algo trastornado ante la extremada magnificencia del salón, Julien no oyó lo que le decía el señor de La Mole. La marquesa apenas si se dignó mirarlo. Había unos cuantos hombres, entre los que Julien reconoció con indecible agrado al joven obispo de Agde, que se había dignado dirigirle la palabra unos meses antes en la ceremonia de Bray-le-Haut. El joven prelado se asustó seguramente de la mirada afectuosísima que clavaba en él la timidez de Julien y no tuvo interés alguno en reconocer al provinciano aquel.
Le pareció a Julien que en los hombres del salón había algo triste y cohibido; en París se habla bajo y no se exageran las cosas menudas.