Rojo y negro
Rojo y negro A fuerza de fijarse en el conde Norbert, Julien notó que llevaba botas y espuelas. «Y yo tengo que ir con zapatos porque soy inferior, por lo visto.» Se sentaron a la mesa. Julien oyó que la marquesa decía una frase severa, alzando un poco el tono de voz. Casi al mismo tiempo vio a una joven muy rubia y con muy buena figura, que fue a sentarse enfrente de él. No le agradó; no obstante, al mirarla con atención pensó que nunca había visto unos ojos tan hermosos; pero anunciaban un alma muy fría. Más adelante, a Julien le pareció que tenían la expresión del aburrimiento que pasa revista, pero que no se olvida de la obligación de resultar imponente. La señora de Rênal tenía, empero, unos ojos muy bonitos, se decía; la gente se los elogiaba; pero no tenían nada en común con estos. Julien no tenía bastante mundo para darse cuenta de que era la llama de la agudeza lo que brillaba de vez en cuando en los ojos de la señorita Mathilde, que así fue como la oyó llamar. A la señora de Rênal se le animaban los ojos con la llama de las pasiones o por los efectos de una indignación generosa al oír el relato de alguna maldad. Hacia el final de la cena, Julien dio con una palabra para describir la clase de belleza de los ojos de la señorita de La Mole: «Son chispeantes», se dijo. Por lo demás, se parecía penosamente a su madre, que cada vez le gustaba menos, y dejó de mirarla. En cambio, el conde Norbert le parecía admirable desde cualquier punto de vista. Tenía a Julien tan seducido que no se le ocurrió tenerle envidia o aborrecerlo porque fuera más rico y más noble que él.