Rojo y negro

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Tenía que haber mencionado el marqués la clase de educación que había recibido Julien, pues uno de los comensales lo llevó a hablar de Horacio. «Fue precisamente hablando de Horacio como tuve éxito con el obispo de Besançon —se dijo Julien—; es como si solo conociesen a ese autor.» A partir de ese momento, fue dueño de sí mismo. Le resultó fácil ese comportamiento porque acababa de decidir que nunca miraría a la señorita de La Mole como se mira a una mujer. Desde que había estado en el seminario, pensaba lo peor de los hombres y no solía dejar que lo intimidasen. Habría contado con toda su sangre fría si los muebles del comedor hubieran sido menos suntuosos. En realidad, eran dos espejos de ocho pies de alto cada uno y en los que miraba a veces a su interlocutor mientras hablaban de Horacio los que todavía le imponían respeto. No decía frases demasiado largas para ser de provincias. Tenía unos ojos hermosos, cuyo brillo aumentaba con la timidez trémula, o dichosa cuando había contestado acertadamente. Lo encontraron agradable. Aquella especie de examen daba cierto interés a una cena circunspecta. El marqués animó con una seña al interlocutor de Julien para que le apretase las clavijas. «¿Será posible que sepa algo?», pensaba.




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