Rojo y negro

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Julien no sabía nada de todos los nombres modernos, tales como Southey, lord Byron y Jorge IV, que oía pronunciar por primera vez. Pero a nadie le pasó inadvertido que, siempre que salían a colación hechos que hubieran sucedido en Roma y cuyo conocimiento pudiera inferirse de las obras de Horacio, de Marcial, de Tácito, etc., gozaba de una indiscutible superioridad. Julien hizo suyas sin empacho unas cuantas ideas que había aprendido del obispo de Besançon en la famosa charla que había tenido con ese prelado; y no fueron las menos apreciadas.

Cuando los comensales se cansaron de hablar de poetas, la marquesa, que tenía por ley admirar cuanto entretuviera a su marido, se dignó mirar a Julien.

—Tras los modales torpes de este joven clérigo es posible que haya un hombre instruido —dijo a la marquesa el académico, que se sentaba a su lado; algo de esas palabras le llegó a Julien. Las frases hechas encajaban bastante bien con la inteligencia de la dueña de la casa; se quedó con esta en lo referido a Julien y se congratuló de haber invitado al académico a cenar. «Entretiene al señor de La Mole», pensaba.



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