Rojo y negro
Rojo y negro La señorita de La Mole era el centro de un grupito que se formaba casi todas las noches detrás de la inmensa poltrona de la marquesa. Allí estaban el marqués de Croisenois, el conde de Caylus, el vizconde de Luz y otros dos o tres oficiales jóvenes, amigos de Norbert o de su hermana. Estos caballeros se sentaban en un gran sofá azul. En el extremo del sofá opuesto al que ocupaba la brillante Mathilde, estaba Julien, sentado en silencio en una sillita de paja que levantaba muy poco del suelo. Este lugar modesto lo envidiaban todos los obsequiosos; Norbert daba un acomodo decente al joven secretario de su padre dirigiéndole la palabra o refiriéndose a él una o dos veces por velada. En esta ocasión, la señorita de La Mole le preguntó qué altura podía tener la montaña sobre la que se alza la ciudadela de Besançon. Julien fue incapaz de decir si la tal montaña era más o menos alta que Montmartre. Muchas veces se reía de buena gana con lo que se decía en el grupito; pero se sentía incapaz de inventar nada semejante. Era como una lengua extranjera que hubiera entendido, pero sin poderla hablar.
Los amigos de Mathilde mostraban ese día una hostilidad continua con las personas que iban llegando al gran salón. Dieron preferencia, de entrada, a los amigos de la casa, por más conocidos. Huelga decir lo atento que estaba Julien; todo le parecía interesante: el fondo de los asuntos y la forma de bromear a costa de ellos.