Rojo y negro
Rojo y negro —¡Ah, aquà llega el señor Descoulis! —dijo Mathilde—; ya no lleva peluca. ¿Querrá llegar a prefecto con el talento? Exhibe esa cabeza calva que dice que rebosa de pensamientos elevados.
—Es un hombre que conoce al mundo entero —dijo el marqués de Croisenois—; también va a casa de mi tÃo el cardenal. Es capaz de sostener una mentira para cada uno de sus amigos durante años, y tiene doscientos o trescientos amigos. Sabe alimentar la amistad, esa es la habilidad que tiene. Ahà donde lo ven, está, lleno ya de barro, en la puerta de uno de sus amigos no bien dan las siete de una mañana de invierno.
»De vez en cuando riñe, y escribe siete u ocho cartas para esa riña. Luego se reconcilia y dedica siete u ocho cartas a los arrebatos amistosos. Pero donde más se luce es en los desahogos francos y sinceros del hombre cabal que no se guarda nada. Esa maniobra aparece cuando tiene que pedir algún favor. Uno de los vicarios generales de mi tÃo es admirable contando la vida del señor Descoulis desde la Restauración. Ya se lo traeré a ustedes.
—¡Bah, no me creeré lo que diga! Esos son envidias del oficio entre gentecilla de a pie —dijo el conde de Caylus.