Rojo y negro
Rojo y negro Julien se dio la vuelta con presteza, e impresionado por la mirada colmada de encanto de la señora de Rênal, olvidó en parte la timidez. Y no tardó, asombrado de su hermosura, en olvidarlo todo, incluso a qué había ido. La señora de Rênal había repetido la pregunta.
—Vengo para ser preceptor, señora —le dijo por fin, muy avergonzado de sus lágrimas, que se secaba lo mejor que podía.
La señora de Rênal se quedó atónita; estaban a muy poca distancia y se miraban. Julien no había visto nunca a una persona tan bien vestida y, menos aún, a una mujer con un cutis tan deslumbrante, hablarle con expresión dulce. La señora de Rênal miraba los lagrimones detenidos en las mejillas, tan pálidas primero y ahora tan sonrosadas, de ese aldeanito. No tardó en echarse a reír: con el júbilo loco de una muchacha, se reía de sí misma y no podía creer lo dichosa que era. ¡Cómo! ¡Este era el preceptor que se había imaginado como un sacerdote sucio y mal trajeado que iba a llegar para reñir y azotar a sus hijos!
—¡Cómo, caballero! —le dijo por fin—. ¿Que usted sabe latín?
Esa palabra, «caballero», dejó tan asombrado a Julien que se quedó pensativo un momento.
—Sí, señora —dijo tímidamente.