Rojo y negro

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Los tuvieron esperando a él y a su testigo tres cuartos de hora largos; por fin los hicieron pasar a una estancia de elegancia admirable. Se encontraron allí con un joven alto y acicalado como un muñeco; tenía en los rasgos la perfección y la insignificancia de la belleza griega. La cabeza, notablemente estrecha, la coronaba una pirámide capilar del rubio más hermoso. La llevaba rizada con mucho primor; ni un pelo asomaba más que otro. «Para que lo rizasen así —pensó el teniente del 96º— nos ha tenido este fatuo imbécil esperando.» La bata pinturera, los pantalones de mañana, todo, hasta las zapatillas bordadas, era correcto y maravillosamente primoroso. La expresión noble y vacía anunciaba ideas decorosas y de mucho precio: el ideal del hombre afable, la repugnancia por los imprevistos, mucha solemnidad.

Julien, a quien el teniente del 96º había explicado que tener a alguien esperando tanto rato tras haberle tirado groseramente la tarjeta a la cara era una ofensa añadida, entró de forma brusca en el aposento del señor de Beauvoisis. Tenía intención de ser insolente, pero, al mismo tiempo, le habría gustado no faltar al buen tono.




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