Rojo y negro

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Se quedó tan impresionado con la suavidad de los modales del señor de Beauvoisis, con su fisonomía acompasada y, al tiempo, suficiente y satisfecha de sí misma, con la admirable elegancia de cuanto lo rodeaba, que perdió en un abrir y cerrar de ojos toda idea de mostrarse insolente. No era el hombre de la víspera. Se quedó tan asombrado al verse ante una persona tan distinguida en vez del personaje zafio del café que no pudo decir ni palabra. Presentó una de las tarjetas que le habían arrojado.

—Así me llamo —dijo el seguidor de la moda, a quien el frac negro de Julien a las siete de la mañana inspiraba bastante poca consideración—, pero palabra de honor que no entiendo…

La forma de pronunciar estas últimas palabras devolvió a Julien parte del humor airado.

—Vengo para batirme, señor mío.

Y explicó todo el caso de un tirón.

A Charles de Beauvoisis, tras maduras reflexiones, le satisfacía bastante el corte del frac negro de Julien. «Está claro que es de Staub —se decía, mientras lo escuchaba—; ese chaleco es de buen gusto, las botas están bien; pero, por otra parte, ¡mira que ir de frac negro tan temprano!» Y el señor de Beauvoisis se dijo: «Será para librarse mejor de la bala».


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