Rojo y negro

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No bien se hubo dado a sí mismo esa explicación, recobró una extremada cortesía y trató a Julien casi de igual a igual. El coloquio duró bastante, el asunto era delicado; pero, finalmente, Julien tuvo que admitir la evidencia. El joven de tan buena cuna que tenía delante no se parecía en nada al personaje zafio que lo había insultado la víspera.

A Julien le repugnaba profundamente irse; prolongaba las aclaraciones. Se fijaba en la suficiencia del caballero de Beauvoisis, que era el tratamiento que se había dado a sí mismo, escandalizado porque Julien lo llamase señor sin más.

Admiraba su solemnidad, a la que iba unida cierta fatuidad modesta, pero que no perdía ni por un momento. Le asombraba la singular manera que tenía de mover la lengua al pronunciar las palabras… Pero, en resumidas cuentas, en nada de eso había el mínimo motivo para buscar pendencia.

El joven diplomático se ofrecía a batirse en duelo con mucho encanto, pero el antiguo teniente del 96º, que llevaba una hora sentado con las piernas separadas y las manos apoyadas en los muslos, decidió que su amigo, el señor Sorel, no era hombre que le buscase un pelo al huevo porque le hubieran robado a alguien las tarjetas de visita.


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