Rojo y negro

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Julien salía muy malhumorado. El coche del caballero de Beauvoisis lo estaba esperando en el patio, delante de la escalinata; Julien alzó la vista por casualidad y reconoció en el cochero al hombre de la víspera.

Verlo, tirarle del levitón, echarlo abajo del asiento y molerlo a fustazos no fue sino cosa de un instante. Dos lacayos quisieron defender a su compañero; Julien recibió unos cuantos puñetazos; en el acto, armó una de las pistolitas y les disparó; ellos salieron huyendo. Todo fue visto y no visto.

El caballero de Beauvoisis estaba bajando las escaleras con la solemnidad más graciosa, mientras repetía, con su pronunciación de gran señor: «¿Qué es? ¿Qué es?». Estaba claro que era muy curioso, pero su importancia de diplomático no le permitía mostrar un interés mayor. Cuando supo de qué se trataba, la altanería volvió a pugnarle en la cara con esa sangre fría levemente festiva que nunca debe faltar en el rostro a un miembro de la diplomacia.

El teniente del 96º se dio cuenta de que al señor de Beauvoisis le apetecía batirse; quiso también que no perdiera su amigo el lucimiento de la iniciativa.

—¡Ahora sí que hay motivo de duelo! —exclamó.

—Tiendo a creerlo en gran medida —contestó el diplomático.

Les dijo a sus lacayos:


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