Rojo y negro
Rojo y negro —Despido a este bribón; que suba otro.
Abrieron la portezuela del carruaje: el caballero quiso a toda costa hacerle los honores de su coche a Julien y a su testigo. Fueron a buscar a un amigo del caballero de Beauvoisis, que indicó un lugar tranquilo. La conversación que tuvieron de camino estuvo muy bien. Lo único singular era el diplomático en bata.
«Estos señores, aunque muy nobles —pensó Julien—, no son aburridos como las personas que van a cenar a casa del señor de La Mole; y bien veo por qué —añadió un momento después— se permiten ser indecentes.» Estaban hablando de las bailarinas a las que el público había destacado en un ballet representado la víspera. Aquellos señores aludían a anécdotas picantes de las que nada sabían ni Julien ni su testigo, el teniente del 96º. Julien no cometió la bobada de pretender saberlas; reconoció de buen grado su ignorancia. Esta sinceridad agradó al amigo del caballero; le contó con todo detalle las anécdotas, y muy bien.
Hubo algo que extrañó muchísimo a Julien. El coche se detuvo un momento porque en plena calle estaban levantando un Monumento para la procesión del Corpus. Aquellos caballeros se permitieron unas cuantas bromas; el párroco, según ellos, era hijo de un arzobispo. Nunca se habría atrevido nadie a decir nada así en casa del marqués de La Mole, que quería ser duque.