Rojo y negro
Rojo y negro El duelo acabó en un periquete: a Julien le metieron una bala en el brazo; se lo envolvieron apretadamente con pañuelos; los humedecieron con aguardiente; y el caballero de Beauvoisis rogó con gran cortesía a Julien que accediera a que lo llevase a su casa en el mismo coche en que habían ido al lugar del duelo. Cuando Julien dio la dirección del marqués de La Mole, hubo un cruce de miradas entre el joven diplomático y su amigo. Allí estaba el coche de punto de Julien, pero la conversación de aquellos señores le parecía mucho más entretenida que la del buen teniente del 96º.
«¡Dios mío, solo en esto consiste un duelo! —pensaba Julien—. ¡Cuánto me alegro de haberme vuelto a topar con el cochero! ¡Qué desgracia tan grande la mía si hubiera tenido que volver a soportar un insulto así en un café!» La conversación divertida no se había interrumpido casi: Julien cayó en la cuenta entonces de que la afectación diplomática vale para algo.