Rojo y negro
Rojo y negro «Asà que el aburrimiento no es algo inherente a una conversación entre hombres de noble cuna —se decÃa—. Estos se rÃen de la procesión del Corpus y se atreven a contar, y con detalles pintorescos, anécdotas muy escabrosas. De lo único que carecen por completo es de razonamiento sobre los asuntos polÃticos, y esta carencia la compensa de sobra el donaire de su tono y la perfecta pertinencia de sus expresiones.» Julien sentÃa una vehemente inclinación por ellos. «¡Cuánto me gustarÃa tratarlos a menudo!»
No bien se separaron, al caballero de Beauvoisis le faltó tiempo para ir a buscar informaciones: no fueron brillantes.
TenÃa gran curiosidad por conocer a su contrincante. ¿PodÃa hacerle una visita sin faltar a la decencia? Las pocas informaciones que pudo conseguir no fueron alentadoras.
—¡Todo esto es espantoso! —le dijo a su testigo—. No puedo confesar que me he batido con un simple secretario del señor marqués de La Mole; y, encima, porque mi cochero me habÃa robado las tarjetas de visita.
—Desde luego que habrÃa en todo eso posibilidad de hacer el ridÃculo.