Rojo y negro

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—Permítame, mi querido Sorel, que le regale un frac azul: cuando tenga a bien ponérselo y venir a mis aposentos será para mí como el hermano menor del conde de Chaulnes, es decir, el hijo de mi amigo, el anciano duque.

Julien no acababa de entender qué era todo aquello; esa misma noche, probó a ir a ver al marqués con el frac azul. Este lo trató como a un igual. El corazón de Julien era capaz de sentir la cortesía auténtica, pero no tenía idea de los matices. Antes de aquel capricho del marqués habría jurado que era imposible recibir de él más consideración. «¡Qué talento tan admirable!», se dijo Julien; cuando se puso de pie para irse, el marqués se disculpó por no poder salir a despedirlo por culpa de la gota.

Julien le estuvo dando vueltas a tan singular idea: «¿Se estará burlando de mí?», pensó. Fue a pedirle consejo al padre Pirard, quien, menos educado que el marqués, no le contestó sino silbando y cambiando de conversación. A la mañana siguiente, Julien se presentó ante el marqués de frac negro, con su cartapacio y sus cartas para la firma. Este lo recibió como antes. Por la noche, de frac azul, se encontró con un tono diferente y con idéntica cortesía que la víspera.


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