Rojo y negro
Rojo y negro El señor de La Mole, viéndose reducido a la compañía de aquel curita, quiso espabilarlo. Le espoleó el amor propio a Julien. Puesto que le pedían verdades, Julien tomó la decisión de contarlo todo, pero callando dos cosas: su admiración fanática por un nombre que enfadaba al marqués y su completa incredulidad, que no encajaba muy bien que digamos con un futuro sacerdote. Su asuntillo con el caballero de Beauvoisis vino como anillo al dedo. El marqués se rio a carcajadas de la escena en el café de la calle de Saint-Honoré, con el cochero agobiando a Julien con insultos soeces. Fue una temporada de completa sinceridad en las relaciones entre el señor y el protegido.
El señor de La Mole se interesó por aquella forma de ser singular. Al principio, halagaba los aspectos ridículos de Julien para disfrutar con ellos; no tardó en sentir más interés por ir corrigiendo poco a poco los puntos de vista erróneos de aquel joven. Los que llegan de provincias lo admiran todo, pensaba el marqués; este es el único que lo odia todo. Los demás carecen demasiado de naturalidad; a este le sobra, y los necios lo toman por necio.
La temporada más fría del invierno prolongó el ataque de gota, que duró varios meses.