Rojo y negro
Rojo y negro «Si nos encariñamos con un perro faldero bonito —se decía el marqués—, ¿por qué me avergüenzo tanto de encariñarme con este curita? Es original. Lo trato como a un hijo. ¡Bien! ¿Dónde está el inconveniente? Es un capricho que, si me dura, me costará un brillante de quinientos luises en mi testamento.»
Cuando ya se hubo percatado el marqués de la firmeza de carácter de su protegido, le encargaba a diario algún cometido nuevo.
Julien notó con temor que podía suceder que aquel gran señor tomara a veces decisiones diferentes para un mismo asunto.
Eso era algo que podía ponerlo en algún compromiso grave. Julien no trabajó en adelante con él sin llevar consigo un registro en el que ponía por escrito las decisiones, y el marqués las rubricaba. Julien había tomado un mozo de escritorio que transcribía las decisiones relacionadas con todos y cada uno de los asuntos en un registro particular. En ese registro se incluían también copias de todas las cartas.
Esa idea pareció al principio el colmo de lo ridículo y del fastidio. Pero, en menos de dos meses, el marqués cayó en la cuenta de las ventajas. Julien le propuso que tomase un mozo de escritorio que hubiera trabajado con un banquero y llevase una cuenta duplicada de todos los ingresos y los gastos de las fincas cuya administración incumbía a Julien.