Rojo y negro
Rojo y negro Por las noches, cuando Julien se presentaba de frac azul, nunca se hablaba de negocios. Las bondades del marqués halagaban tanto el amor propio, siempre doliente, de nuestro héroe que no tardó en notar él también algo parecido al afecto por aquel anciano tan agradable. No es que Julien tuviera lo que en ParÃs se entiende por sensibilidad; pero no era un monstruo y, desde que habÃa muerto el anciano cirujano mayor, nadie le habÃa hablado de forma tan bondadosa. Notaba con asombro que el marqués tenÃa con su amor propio consideraciones corteses que nunca habÃa hallado en el anciano cirujano. Acabó por entender que el cirujano estaba más orgulloso de su Legión de Honor que el marqués de su Orden del EspÃritu Santo. El padre del marqués era un gran señor.
Un dÃa, al final de una audiencia matutina de frac negro y para asuntos de negocios, Julien le resultó entretenido al marqués, que lo tuvo consigo dos horas y se empeñó en darle unos cuantos billetes de banco que el testaferro acababa de traerle de la Bolsa.
—Tengo la esperanza, señor marqués, de no apartarme del hondo respeto que le debo si le suplico que me permita decirle algo.
—Hable, amigo mÃo.