Rojo y negro
Rojo y negro Oír que volvía a llamarlo caballero, tan en serio, una señora tan bien vestida, superaba con creces todas las previsiones de Julien: en todos los castillos en el aire de su juventud, se había dicho que ninguna señora digna de tal nombre se dignaría dirigirle la palabra hasta que llevase un vistoso uniforme. A la señora de Rênal, por su parte, la engañaba por completo la hermosura del cutis, los ojos grandes y negros de Julien y el precioso pelo, más rizado que de costumbre porque, para refrescarse, acababa de meter la cabeza en el pilón de la fuente municipal. Para mayor alegría suya, veía la expresión tímida de una muchacha en aquel preceptor fatídico cuya dureza y cuyo aspecto arisco tanto había temido para sus hijos. Para el ánimo, tan apacible, de la señora de Rênal, el contraste entre sus temores y lo que veía fue un gran acontecimiento. Se recobró al fin de la sorpresa. Se asombró al verse así, en la puerta de su casa, con aquel joven en mangas de camisa como quien dice, y tan cerca de él.
—Entremos, caballero —dijo con expresión bastante apurada.