Rojo y negro
Rojo y negro Nunca en la vida habÃa inmutado tanto a la señora de Rênal una sensación grata; nunca una aparición tan amable habÃa sustituido a los temores más inquietantes. Asà que sus niños preciosos, a quienes ella cuidaba tanto, no iban a caer en manos de un sacerdote sucio y malhumorado. No bien hubo entrado en el vestÃbulo, se volvió hacia Julien, que la seguÃa con timidez. La expresión de asombro de este al ver una casa tan hermosa era un atractivo más desde el punto de vista de la señora de Rênal. No podÃa creer lo que estaba viendo; le parecÃa sobre todo que el preceptor deberÃa ir vestido de negro.
—Pero —le dijo, volviendo a pararse, y con un temor mortal a estarse equivocando, de tan dichosa como la hacÃa lo que creÃa—, ¿de verdad, caballero, que sabe usted latÃn?
Estas palabras le resultaron irritantes al orgullo de Julien y disiparon el hechizo en que llevaba viviendo un cuarto de hora.
—SÃ, señora —le dijo intentando adoptar una expresión frÃa—, sé latÃn tan bien como el señor párroco y a veces tiene la bondad de decirme que lo sé mejor que él.
A la señora de Rênal le dio la impresión de que Julien parecÃa muy malo; se habÃa detenido a dos pasos de ella. Se acercó y le dijo a media voz: