Rojo y negro
Rojo y negro —¿Verdad que los primeros dÃas no azotará a mis hijos, ni siquiera aunque no se sepan las lecciones?
Aquel tono tan dulce y casi suplicante en una señora tan hermosa le hizo olvidar de repente a Julien las consideraciones que debÃa exigir para su reputación de latinista. TenÃa junto a sà el rostro de la señora de Rênal, notó el aroma de la ropa de verano de una mujer, cosa muy asombrosa para un pobre aldeano. Julien se ruborizó mucho y dijo con un suspiro y voz desfallecida:
—No tema, señora, la obedeceré en todo.
Fue solo entonces, al desaparecer por completo su preocupación por sus hijos, cuando le llamó la atención a la señora de Rênal lo guapo que era Julien. La forma casi femenina de los rasgos y la expresión de apuro no le parecieron ridÃculas a una mujer que era también timidÃsima. El aspecto viril que suele parecer necesario para que un hombre sea guapo la habrÃa asustado.
—¿Qué edad tiene, caballero? —le dijo a Julien.
—Voy a cumplir los diecinueve.
—Mi hijo mayor tiene once años —añadió la señora de Rênal, ya tranquilizada por completo—; será casi un compañero para usted y usted le hablará con el lenguaje de la razón. En una ocasión, su padre quiso pegarle y el niño estuvo enfermo una semana entera, y eso que fue un golpe bien pequeño.