Rojo y negro
Rojo y negro «¡Qué diferencia conmigo! —pensó Julien—. Mi padre me pegó ayer sin ir más lejos. ¡Qué feliz es la gente rica!»
La señora de Rênal estaba ya dispuesta a percatarse de los mÃnimos matices de lo que le pasase por dentro al preceptor; tomó ese arranque de tristeza por timidez y quiso darle ánimos.
—¿Cómo se llama, caballero? —le preguntó con un tono y un agrado cuyo encanto notó plenamente Julien sin darse cuenta.
—Me llaman Julien Sorel, señora; estoy temblando al entrar por primera vez en mi vida en una casa extraña, necesito su protección y que me perdone muchas cosas los primeros dÃas. Nunca me dieron estudios, era demasiado pobre; no he hablado con más hombres que mi primo, el cirujano mayor, miembro de la Legión de Honor y con el señor párroco, el padre Chélan. Él le dará razón de mi persona para bien. Mis hermanos siempre me pegaron, no los crea si hablan mal de mÃ; perdone mis yerros, señora, nunca tendré mala intención.