Rojo y negro
Rojo y negro Julien se iba tranquilizando durante ese largo parlamento e iba mirando atentamente a la señora de Rênal. Es tal el efecto que causa el encanto perfecto cuando es natural e inherente a la forma de ser y, sobre todo, cuando la persona a la que orna no intenta ser encantadora que Julien, que entendía de hermosura femenina, habría jurado en ese instante que la señora de Rênal no tenía más de veinte años. Se le ocurrió en el acto la atrevida idea de besarle la mano. No tardó en darle miedo esa idea; un momento después se dijo: «Sería una cobardía por mi parte no llevar a cabo una acción que podría resultarme de utilidad y mermar ese desprecio que siente seguramente esta señora tan guapa por un pobre obrero recién salido del aserradero». Es posible que a Julien lo animase un tanto esa expresión, «guapo mozo», que llevaba seis meses oyéndoles a algunas muchachas. Mientras duraron esos debates internos, la señora de Rênal le estaba diciendo dos o tres cosas sobre la forma de iniciar el trato con sus hijos. Julien, al forzarse, volvió a ponerse muy pálido; dijo, con expresión cohibida:
—Nunca pegaré a sus hijos, señora; lo juro ante Dios.