Rojo y negro
Rojo y negro Y, al decir estas palabras, se atrevió a cogerle la mano a la señora de Rênal y a llevársela a los labios. A ella la asombró este gesto y, al pensarlo, la escandalizó. Como hacía mucho calor, llevaba el brazo descubierto del todo bajo el chal, y el ademán de Julien, al llevarse su mano a los labios, se lo dejó completamente al aire. Al cabo de unos momentos se reprendió a sí misma porque, a su parecer, había tardado demasiado en indignarse.
El señor de Rênal, que había oído voces, salió de su gabinete; con el mismo porte majestuoso y benigno que adoptaba cuando celebraba bodas en el Ayuntamiento, le dijo a Julien:
—Es esencial que hable con usted antes de que lo vean los niños.
Hizo entrar a Julien en una estancia e impidió que se fuera su mujer, que quería dejarlos a solas. Tras cerrar la puerta, el señor de Rênal se sentó, muy solemne.