Rojo y negro
Rojo y negro —El señor párroco me ha dicho que era usted una buena persona; todo el mundo lo honrará en el trato, y si quedo satisfecho lo ayudaré más adelante a establecerse dignamente. Quiero que no vuelva a ver ni a parientes ni a amigos, pues tienen un tono que no puede resultar adecuado para mis hijos. Aquà tiene treinta y seis francos del primer mes; pero le exijo que me dé su palabra de que no le dará a su padre ni cinco céntimos de este dinero.
El señor de Rênal estaba picado con el anciano que, en aquel asunto, habÃa andado más avispado que él.
—Ahora, señor, porque tengo dispuesto que aquà todo el mundo lo llame señor y notará las ventajas de entrar en una casa de personas como es debido, ahora, señor, no es conveniente que los niños lo vean con una chaqueta. ¿Lo han visto los criados? —le dijo el señor de Rênal a su mujer.
—No, mi buen amigo —contestó ella con expresión muy pensativa.
—Mejor. Póngase esto —le dijo al sorprendido joven, dándole una levita suya—. Y ahora vámonos a ver al señor Durand, el pañero.